Por: Juan ulises Gazapo...
Juan iba caminando por unas calles de la colonia guerrero, cuando de repente vió algo que le parecía horrendo.
Un terrible hedor hirió su nariz, y justo enfrente de él, varios cuerpos desnudos y al parecer en avanzado estado de putrefacción se hallaban amontonados.
Corrió por varias calles, asustadísimo, pues se encontraba, como era de esperarse, en estado algo inconveniente. Venía de golpear a sus hijos y de acabar con una botella entera de tequila. Se tambaleaba por las calles cuando se encontró a uno de sus compadre, el cual lo invitó a quemar un poco de marihuana. Como buen mexicano, Juan no pudo decir que no.
Así, después de vagar hasta muy entrada la madrugada, se halló con este extraño espectáculo justo en la esquina de eje uno norte y peña y peña. La sangre se le heló en las venas y fué cuando comenzó a correr por las calles de la colonia guerrero y por el barrio bravo de tepito.
La zona le parecía extrañamente tétrica. No era la misma parte de su amada ciudad donde solo hallara amistosos asaltantes y miseria regada en derredor, incluso los sonidos lejanos de disparos y gritos de dolor sonaban, no sólo extraños a sus oídos, sino hasta aterradores. Tan profunda era la impresió que había operado en él el avistamiento de los "cadáveres de peña y peña" como él mismo los llamó. Pues aunque muy ebrio y drogado, no dejaba de pensar en que al menos saldría un segundo en la televisión.
Podría cumplir con el mayor sueño de todo chacal: Salir en el noticiero. Al fin haría algo más que sólo agitar los brazos detrás del enviado especial que cubría año tras año la celebración del grito de la independencia en el zócalo capitalino.
Quien sabe, quizás hasta López Doriga le entrevistara en persona. Un montón de cadáveres putrefactos es una noticia grande.
Así corrió despavorido mientras saboreaba, premauramente, sus quince minutos de fama, a la par que temblaba cada que veía una sombra, ya fuera un indigente o un perro callejero, temblaba de miedo.
Al fin, sin sentir apenas cansancio, llegó a la plancha del zócalo. Se detuvo pensando en lo que debería de hacer. Inmediatamente pensó en llamar a la televisora más importante, imparcial, sana, fina y menos amarillista que hay en México, pero se tuvo que contentar con llamar a Televisa por que sólo ese número recordaba de memoria.
Tomó un "varo" de su raído saco y llamó desde un teléfono público.
-Acabo de ver un montón de cuerpos putrefactos en la esquina de peña y peña y eje uno norte! rápido vengan a ver, hay casquillos de bala por todos lados y la sangre escurre, no mamen es algo bien cabrón, tiene que venir, seguro es alguno de esos ritos de satán que tanto abundan en la ciudad, yo por eso ya me encomendé a la virgencita a la santa muerte y a san juditas. pero rápido.
Como todo buen mexicano, Juan sabía darle el toque espcial a las noticias, de igual forma que un ave rara es una bruja en algun pueblo o un perro mata gallinas es el famoso chupacabras alado, el montón de cadáveres se había convertido en un sacrificio humano de alguna secta satánica donde había cruces profanadas y hostias tiradas en el suelo. Incluso cierto olor a azufre se sentia en el ambiente, según Juan.
Inmediatamente una unidad móvil de televisa corrió hacia el lugar indicado. Mientras, Juan, se mesaba los cabellos y peleaba con su cobardía para volver al lugar de los hechos. A unas cuantas calles de donde encontrara a los cadáveres, vió las luces de una patrulla. Su esfínter no resistió más y soltó la carga de orina que venía aguantando desde hace horas. Después de todo no hay nada mas terrible para un tepiteño que hallarse de frente con una patrulla. De cada encuentro con los policías, Juan salía con los dientes sin filo y la cartera vacía por tener que dar mordidas.
Sin embargo, venció su mieo y un rest de humanidad, mezclada de morbo, lo movió a detener a la patrulla. Contó la historia completa, y los policías, a verlo en tan mal estado, apestando a mexcal y con vómito en la camisa, lo llevaron al Ministerio Público, a que rindiera su declaración, entre bromas y lloriqueos. Así, atravesando calles horrendas y vecindades llenas de miseria, llegaron donde el MP.
Ahí fué donde Juan tuvo más miedo que nunca, pues no sólo le causaba horror la justicia nacional, poco funcional pero no por eso menos terrible, sino que los oficiales no dejaban de burlarse de sus miedos y actitud.
Así pasó algunos momentos hasta que un llamado por radioalertó a los policías que lo custodiaban que requerían a todas las unidades en la calle peña y peña esquina con el eje uno norte. No dieron más explicaciones pero dijeron que tenían que ver por s propia cuenta lo que allí pasaba.
Juan inmediatamente recuperó su seguridad y se irguió, y mirando a los policías los desafió con los ojos como diciendo "¿no se los había dicho ya?".
Todos os oficiales subieron a las patrullas y llevaron a Juan consigo.
Al llegar al lugar de os hechos, varias televisoras estabn grabando y un ambiente de alegría y festividad reinaba entre los curiosos y oficiales que asistían a ese espectáculo tan deplorable. Juan se sintió ofendido al ver la actitud con la que tomaban el sacrificio de tantas personas inocentes.
Se acercó con cuidado entre las risas de los asistentes, y algunos lo señalaron a él como el autor de la denuncia de tan terribles y al parecer hilarantes hechos.
Juan Sintio de nuevo herida su nariz por el fétido aroma a putrefacción que había sentido horas antes y vió la masa de cuerpos tirados en la calle, de pronto notó que, por lo menos, uno de ellos se encontraba vivo, y que de entre esa masa de carne se escapó un gemido. Al parecer ese gemido era uno de placer, y la masa de cuerpos que Juan había visto inerte en la noche, a la claridad el amanecer tenía más vida que nunca.
Lo que en realidad habia visto no era precisamente una pila de cadáveres putrefactos, aunque si algo que se le asemejaba mucho. Entre las risas de los asistentes a esa grotesca escena decubrió que, lo que él había tomado por un montón de cuerpos podridos, era en realidad una orgía homosexual de indigentes drogadictos.
lunes, 6 de julio de 2009
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