Fernando caminaba sobre puente de Alvarado, entre Sta María la ribera y San rafael.
Era ya de noche, y la lluvía que había caído pintaba de plata el asfalto de esta calle. La luna cubría su cabeza con lechosa luz blanca. Fernando pensaba, y pensaba, y no dejaba de darle vueltas a cierto asunto muy importante. Su mujer había quedado embarazada.
Andando por estas calles, tropezó con un buen cristiano que, a punta de pistola, le robó los últimos centavos que poseía. Aquel cañón de bolsillo que relucía a la luz de la luna de octubre fué suficiente incentivo para que Fernando soltara el dinero que había destinado a cierto gorro tejido que compraría para su hijo. ¿qué haría él con un niño y una esposa a los 17 años?
Las estrellas se escondían tras los velos de las nubes a ratos, como temerosas de interrumpir sus cavilaciones. A lo lejos, un perro entonaba cierta cancioncilla triste, que algunos ignorantes llaman aullidos, a aquella siempre sonriente luna que se alzaba en el cenit. Fernando seguía pensando.
Cruzó frente a su antigua escuela, ya a la altura de San Cosme. La célebre Secundaria 4 Moisés Sáenz Garza. Cuántas cosas no había vivido entre sus cuatro paredes caray.
Fué ahí donde conoció a Rebeca, la mujer que ahora llevaba a su bebé en las entrañas. La descubrió como se descubre un blanco lirio entre la fangosa ribera de una laguna. Inmediatamente quedó prendado de sus morenas carnes, sus fogosos ojos y sus siempre sucias manos. Callosas, como calles mal empedradas de tanto lavar ropa.
Con el tiempo, había llegado incluso a reconocer su paso al bajar las escaleras, sonaba como una pelotita de esponja rebotando por los escalones.
Después de una breve pausa, continuó su camino. ¡Si hubiese terminado tan sólo la secundaria! pero no, la abandonó, quizás por flojera, o por desidia, quizás de verdad no estaba hecho para la escuela, como le dijera su padre en sus momentos de mayor lucidez, o sea, cuando se encontraba padeciendo la resaca de su borrachera habitual, con una caguama pegada a su mano como se pega a la roca el coral.
Los felices días de la secundaria parecían tan lejanos. Esos felices días cuando sonaba en su oído el dulce sonido del rozar de la falda de Rebeca. Había tenido sexo con muchas mujeres, cierto, pero nunca encontró una potra que fuera tan dulce al montar como su amada Rebeca, que tenía la piel tan lisa que parecía que sus dedos se deslizaban por la nácar de una perla. Y qué dientes ¡Dios mío!
Siguiendo su camino se encontró frente a la escuela de quien fuera su más grande enemigo. Roberto, su primo, el más querido de la familia, el consentido, aquél que no perdía oportunidad de provocarlo, recibir un golpe o dos y acusar a Fernando con sus padres, por que el pérfido de Roberto, prefería recibir un puñetazo en la cara que perderse el dulce espectáculo de Fernando Siendo molido a golpes por su Sempiternamente ebrio padre.
La tristeza de Fernando llegaba a su límite, la luna inundó de argentíferos reflejos una gota salada que escurría del rabillo del ojo del futuro padre.
Sacó de entre sus ropas, una pequeña ánfora con licor barato, y bebió un trago largo. Aún no sabía que iba a hacer con un hijo y una esposa. No podría sobrevivir siempre con trabajos eventuales, y sin una carrera, ni siquiera la secundaria. Definitivamente la calentura no era la mejor consejera. Pero no, no fué calentura, fué amor real. Amor del bueno. Así lo sintió el día que hizo suya a Rebeca, y así siguió sintiéndolo cuando le confesó que tenía dos meses de embarazo, y así lo sentí ahora que había pasado un mes desde aquella confesión.
Se había armado la gorda en su casa.
La noticia la había dado en la mesa, con su madre, antes de que su padre regresara de su habitual parranda. Los hermanos de Fernando se quedaron sorprendidos, y su madre dejó caer la olla con los frijoles, dejando escapar ésta un sordo grito con eco metálico.
Después, el silencio interrumpido sólo por el silbido de una bofetada que cruzó la cara a Fernando. Después, nada. Sólo los llantos de su madre en la habitación que a veces compartía con su padre. Llorando emitía sonidos muy similares a los lamentos de un gatito herido.
Y lo peor fué al llegar su padre. Primero se había puesto contento, casi orgulloso de su hijo, pero un resto de lucidez brilló en sus ojos y molió a golpes a su hijo, oblligándolo a abandonar la casa sin nada más que una camisa.
Desde entonces Fernando había dormido dos noches en la alameda, pues era demasiado delicado como para pedir asilo en casa de Rebeca.
Continuó su paseo, con rumbo al departamento de su amada, para darle la noticia de que ya no vivía más con sus padres y que no podrían contar con su apoyo, cruzó el circuito interior por un puente peatonal, entre la calzada y marina Nal.
Sólo algunos carros circulaban aún a esas horas por la calle, a pesar de nos er muy tarde. Alguna rata salía de su escondrijo en busca de algún mendrugo de pan, chillando algun viejo estribillo que acostumbraran cantar los castellanos que las trajeron a estas tierras escondidas en sus barcos.
Por fin llegó a la calle donde vivía su amada Rebeca, y la luna, como presintiendo la tempestad, se ocultó avergonzada atrás de una nube. A lo lejos pudo ver a su Querida Rebeca, arrodillada en plena calle frente a un hombre, Jesús, su exnovio, aquél que ella había jurado no volvió a ver nunca después de que cortaran. Rebeca estaba tan entretenida con la felación que hacía, y jesús tan extasiado, que nisiquiera notaron a lo lejos la presencia de Fernando. Quien se acercó un poco más para desengañarse, con la esperanza de ver que no era su futura mujer aquella que se rebajaba de tal modo ante un hombre que le haía hecho tanto daño.
Después de un rato, ella se levantó, aún escurriendo lefa de sus hermosos labios, y le dijo a Jesús, que si Fernando no se pudiera hacer cargo del bebé, tendría que ser él, el verdadero padre, quien buscara una solución a este problema, ya que ella no pnesaba trabajar para mantener al niño, por que tenía planeado seguir con sus estudios.
Fernando no pudo más, y se marchó por donde vino. Sólo se oyó el doble ruido de su corazón y su anforilla de ron al romperse, una contra el suelo, otro con las palabras de Rebeca.
Caminó unos cientos de pasos en el sentido opuesto y subió de nuevo al puente peatonal, listo para volver a dormir en su fría banca de la alameda. en ese momento la luna, pensando que el drama había finalizado, se asomó por entre las nubes, sólo para descubrir un espectáculo horrendo.
Bajo el puente peatonal, yacía fernando, con la cabeza rota, una fractura expuesta en el brazo y los ojos abiertos, muerto, con un par de personas a su alrededor y un automovilista, que lo había arrollado, sentado junto al cadáver, blanco del miedo.
A lo lejos, Jesús, que regresaba a su casa después de haber recibido los favores de rebeca, vió el espectáculo, pero sin reconocer en el muerto a su antiguo compañero de escuela, y sólo se limitó a decir unas palabras tan frías que hicieron estremecerse a las ratas que paseaban fuera de las alcantarillas, aunque no así con la gente que veía el espectáculo.
"pobre Diablo, seguro era un vil pendejo"
lunes, 27 de julio de 2009
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No voy a hacer una crítica. Sólo a decir que hay mucha capacidad narrativa y la forma de la narración atrapa. Muy bien.
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